El lenguaje del perdón

El lenguaje del perdón, un libro para la paz y la guerra

Por Arturo Prado Lima
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El lenguaje del perdón, el libro escrito y compilado por Erika Tatiana Jiménez Aceros y Camilo E. Espinoza Díaz, bajo la supervisión y guía de la poeta y catedrática María Ángela Pérez López, y auspiciado de la Universidad de Salamanca y la Red Iberoamericana de investigadores por la paz, se realizó el acto de presentación con la concurrencia de varios de los coautores del libro, entre ellos víctimas y firmantes de paz en Colombia.

Un acto fuerte y frágil a la vez, pues la guerra no solo dejó listados de víctimas oficiales, sino una sociedad entera marcada por sesenta años de violencia, exilio, miedo y lucha por sobrevivir. Son, en definitiva, 50 millones de víctimas del conflicto armado si tenemos en cuenta que una guerra nacional afecta a todos.

El lenguaje del perdón, te obliga a mirarte al espejo sin excusas. No busca cerrar la herida con frases bonitas, sino abrir un espacio para que las palabras construyan puentes, sin confundir perdonar con olvidar. Lo importante no es repetir la lista de horrores (que ya conocemos), sino hablar de lo que vivimos, de cómo la guerra no es un simple dato, sino una forma de vivir en este país.

Conciencia

El libro es fruto de un proceso largo: talleres de escritura, lecturas compartidas, encuentros para recordar y crear arte con víctimas del conflicto colombiano en el exilio (sobre todo en España) y firmantes de paz en Colombia. Publicado en Salamanca en 2025, el proyecto nace en universidades y redes de investigación por la paz, pero su objetivo va más allá de lo académico: busca que tomemos conciencia y nos preguntemos qué nos hizo la guerra por dentro.

Sobreviviendo a la guerra

Aunque reconoce a los más de diez millones de víctimas, el libro va más allá: dice que durante sesenta años, la guerra se metió en el lenguaje, las relaciones, el miedo cotidiano, el silencio, las rutas de migración, la economía familiar y hasta en cómo vemos a los demás. Por eso, el libro afirma: Colombia no solo tiene víctimas; Colombia es una sociedad que ha sobrevivido a la guerra.

Esta idea cambia la pregunta común. En vez de preguntar ¿Cuántos fueron?, que es importante, surge otra más difícil: ¿Qué clase de país se forma cuando aprende a vivir en guerra? El libro sugiere que el conflicto no solo mata: también enseña a desconfiar, a juzgar, a sospechar de los demás (¿Y tú qué hacías?), a callar, a emigrar para sobrevivir, a heredar el miedo.

Reconstruir los lazos sin negar el daño

La idea principal se ve desde el principio: la portada, Tejido social, del artista Adrián Estrada, no es solo decoración, sino un concepto. Manos que intentan tocarse entre líneas que parecen barreras: un contacto a medias, que sigue intentándolo. La paz es un trabajo lento (volver a tejer), no una borrón y cuenta nueva. El libro lo dice claro: hay que reconstruir los lazos sin negar el daño.

Y no es el único caso. En el libro, las imágenes son otro archivo del conflicto: muestran sentimientos que la política no sabe expresar. Imágenes como “Las palabras ya no son suficientes” (Yaircel Robledo) o Los despojos (Adrián Estrada) muestran que hay dolores que el lenguaje común no puede expresar, pero que necesitan algún tipo de lenguaje (moral, social, humano) para intentar un encuentro.

La manera en que está organizado el libro también dice algo. En vez de separar a las personas por etiquetas (buenos y malos, víctimas y victimarios), organiza el contenido por sentimientos: El peso del pasado, Habitar el perdón, Exilio, Semillas de futuro. El prólogo (Jerónimo Ríos) explica algo clave: la reconciliación es un trabajo de todos; el perdón, en cambio, es personal.

En la primera parte, la palabra perdón se vuelve más concreta. Voces como ASEVICOM (Asociación Europea de Víctimas del Conflicto Armado Colombiano), desde Madrid, recuerdan que perdonar no puede ser algo obligado o vacío: necesita reconocimiento, reparación y garantías de que no volverá a pasar. Si falta algo, el perdón es falso. Luego, el libro se vuelve personal con testimonios que no buscan lástima, sino la verdad.

La guerra se vuelve burocracia

Una madre, Deyis Ardila, cuenta cómo el dolor y la rabia cambian hasta la forma de respirar; cuenta el impulso de venganza, la terapia, la sensación de abandono y, al final, la difícil decisión de no sembrar más odio. Otra voz, la de Cruz Elisa Buitrago (campesina y líder), muestra que la violencia no termina con el ataque: sigue con promesas incumplidas, trámites, inseguridad, revictimización. Así, la guerra se vuelve burocracia, y la burocracia también duele.

Uno de los puntos más delicados del libro es la carta de Rodrigo Londoño a una víctima de las FARC-EP. El último comandante de las FARC-EP. Lo importante no es idealizarla, sino ver lo que provoca: incomodidad, resistencia, preguntas difíciles sobre la responsabilidad, la reparación y cómo nos hablamos a nosotros mismos después de años de deshumanización. Si la guerra ensució palabras como paz o perdón, el libro sugiere que debemos aprenderlas de nuevo, con cuidado.

La segunda parte insiste en algo sencillo, pero importante: cada persona vive el perdón a su manera. Esto acaba con la idea de que las víctimas deben perdonar para sanar, y les devuelve la decisión. Aparecen voces como la de Luis Alberto Albán Urbano, firmante de paz, quien dice que el conflicto nos afectó a todos: al territorio, la vida diaria, la sociedad. El libro no busca que todos sean culpables por igual; busca entender cómo la violencia crea círculos que se repiten si no los frenamos.

Toda la sociedad fue víctima

La tercera parte es quizás la que mejor muestra que toda la sociedad fue víctima. Aquí, el exilio no es solo un detalle, sino un rostro persistente y poco reconocido de la guerra: comunidades invisibles, heridas profundas, identidades divididas. España no es solo un refugio, sino un laboratorio de memoria: desde lejos, Colombia se reescribe en el idioma, el cuerpo, la nostalgia y el dolor organizado.

También está parte de un texto mío: vagar por el mundo con el país en la mochila, donde la mochila no es un equipaje sino un lugar donde guardamos historia, pérdidas y lealtades. Migrar no te saca del conflicto; lo cambia de lugar. La guerra sigue sin armas, convertida en nostalgia, culpa, silencios y familias rotas. El país no se deja atrás: se lleva a cuestas.

La cuarta parte no tiene un final feliz obligatorio. Habla de cartas, fundaciones, niños, memoria: cosas concretas que no niegan la tragedia, pero se niegan a quedarse atrapadas en ella. La Fundación Sin Olvidos lo dice claro: la paz no es solo que no haya guerra, debe nacer del alma, pero también de acciones, garantías y del gobierno. La semilla es una advertencia: una promesa que necesita tierra, agua, tiempo y protección.

El epílogo de Camilo Espinoza Díaz termina con la idea del libro: leer cada testimonio como si fuera una confesión y reconocer que la guerra no solo destruyó territorios; también robó costumbres, sabores, rutinas, la vida familiar. Comer arepa, sancocho, tomar café, tamal con chocolate, es una prueba de que el conflicto se metió en la cocina y en el lenguaje.

El daño fue de todos

Lo más importante de El lenguaje del perdón es que nos obliga a admitir que el daño fue de todos, aunque no siempre esté registrado. No porque todos hayan sufrido lo mismo, sino porque la guerra cambió la vida social: nos enseñó a odiar, nos hizo sentir miedo, desconfiar de los demás y a callar para sobrevivir. El libro logra que el dolor se exprese sin obligar a pensar igual: reconoce que hay víctimas que perdonan y otras que ponen condiciones; y muestra que esa diferencia es normal. Y deja una advertencia: el lenguaje puede ayudar, pero necesita bases fuertes (verdad, reparación y garantías) para que la paz no sea solo un discurso, sino una forma de vivir juntos.


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