
Opinión de Coach wellness & advisor | @felipevillamil_
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En Colombia vuelve a sentirse un aire que creíamos haber dejado atrás. Las noticias que llegan desde distintas regiones del país hablan otra vez de atentados, de amenazas, de miedo en las calles y de comunidades que sienten cómo el terrorismo intenta recuperar espacios que durante años parecían haber sido arrebatados a la violencia. A ello se suma el vandalismo, la intimidación y la presión constante sobre la población civil.
No se trata únicamente de hechos aislados. Es una atmósfera que inquieta, que desgasta la confianza democrática y que hace pensar que Colombia está retrocediendo en conquistas que costaron décadas de esfuerzo, sacrificio y esperanza.
Quienes hoy utilizan el narcoterrorismo como herramienta de poder no quieren a Colombia. La destruyen. No construyen país ni futuro; imponen miedo, fracturan comunidades y atacan aquello que debería unirnos: nuestra convivencia democrática. Creen que avanzan hacia algún lugar, pero en realidad sólo prolongan la oscuridad que durante años ha marcado nuestra historia. Y, como decía el himno nacional, todos esperamos que pronto cese esta horrible noche.
Pero hay otro fenómeno que también nos debilita: la desinformación y la distancia emocional con el país. Muchos colombianos que viven fuera, absorbidos por la vida en otras latitudes, prefieren evadir lo que sucede en casa. A veces por cansancio, otras por desesperanza, otras porque la información llega fragmentada o distorsionada. Sin embargo, la indiferencia también tiene consecuencias.
Colombia no se juega solamente dentro de sus fronteras. Colombia también se juega afuera.
Se juega en cada ciudad donde vive un colombiano, en cada pequeño rincón de la geografía mundial donde alguien lleva consigo su acento, su memoria y su identidad. La diáspora colombiana —millones de ciudadanos repartidos por el mundo— no es un actor secundario en la historia del país. Es parte viva de su presente y de su futuro.
Desde el exterior también se construye país. Con la palabra, con el ejemplo, con la participación democrática y con la responsabilidad de informarse y de informar. Colombia necesita que quienes vivimos fuera llevemos un mensaje claro: unidad, amor por la patria y un firme ¡No más! frente a la violencia, el narcoterrorismo y la destrucción de lo público.
Nuestro país necesita recuperar plenamente el orden institucional, el control sobre su territorio y la protección efectiva de su población civil. Esa es una tarea del Estado, pero también es una responsabilidad colectiva. La democracia no se sostiene únicamente con instituciones; se sostiene con ciudadanos conscientes.
Por eso el llamado es sencillo pero profundo: pongámonos la mano en el corazón y votemos a conciencia.
Cada voto cuenta. Cada decisión importa. Incluso —y quizás especialmente— para quienes vivimos fuera del país. Porque desde la distancia también participamos en la construcción de lo que Colombia será mañana.
El país no se pierde de un día para otro. Se deteriora lentamente cuando la indiferencia reemplaza el compromiso, cuando el ciudadano deja de sentirse responsable del rumbo común. Pero también puede reconstruirse cuando cada persona asume su papel.
Desde tu casa, desde tu vida cotidiana en el exterior, comienzas a jugar como colombiano. Eres parte de esa diáspora migrante que lleva a Colombia en su historia personal.
Por eso hoy la invitación es clara: tengamos conciencia. Informémonos. Participemos. No dejemos que otros decidan por nosotros el destino de nuestra nación.
Yo amo mi país y voy a votar a conciencia.
Y tú, ¿de qué manera quieres a tu país?
