
Opinión de Coach wellness & advisor | @felipevillamil_
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Hay momentos en la historia de una nación en los que un pueblo decide dejar de mirarse con miedo y empieza, por fin, a mirarse con esperanza.
Colombia ha vivido demasiados años atrapada entre la resignación y la rabia. Hemos aprendido a desconfiar antes que a construir. A dividirnos antes que escucharnos. A señalar culpables antes que asumir responsabilidades.
Pero hoy quiero hablarle a otra Colombia.
A la Colombia trabajadora que madruga.
A la madre cabeza de hogar que sostiene un país entero desde el silencio.
Al campesino que nunca dejó de sembrar aun cuando la violencia quiso arrancarle la tierra y la esperanza.
Al empresario honesto que genera empleo.
Al joven que quiere estudiar y no empuñar un arma.
A quienes están en Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga, Pasto o Leticia.
Y también a quienes, desde Madrid, Nueva York, Santiago o Londres, jamás dejaron de
sentirse colombianos.
Les habla su presidente.
Y les hablo no desde el poder, sino desde el deber.
Porque ser presidente de Colombia no puede volver a ser una elección más. Colombia necesita liderazgo, cercanía, preparación y profundo conocimiento de nuestra geografía social. Necesita un gobierno que entienda tanto las montañas de Antioquia como el Pacífico olvidado; tanto la fuerza de los Llanos como la dignidad inmensa del Caribe y el Amazonas.
Quiero familias, empresas, ciudades y un país que formen carácter antes que dependencia. Que premien la disciplina antes que la excusa. Porque las vidas cambian cuando descubren el poder de hacerse cargo de sí mismas.
Las naciones que progresaron fueron aquellas que lograron que más personas quisieran construir que destruir; aportar más que reclamar; asumir responsabilidades más que buscar culpables.
Ese será nuestro camino.
No construiremos una Colombia grande desde el resentimiento. La construiremos desde el mérito, desde la educación, desde la seguridad, desde el respeto por la ley y desde la confianza en nuestra propia capacidad como nación.
Nuestra historia duele. Claro que duele.
Nos han marcado la violencia, el narcotráfico, la corrupción y el abandono. Pero también nos han marcado la resiliencia, la alegría, el talento y la dignidad de millones de colombianos que nunca se rindieron.
Por eso gobernaré para todos.
Ya no más divisiones de colores. Aquí caben todos los colores. Aquí cabe quien piensa distinto. Aquí cabe quien votó por mí y también quien no lo hizo.
Porque no quiero una Colombia vengativa. Quiero una Colombia más grande y más unida.
Gracias a todos los colombianos dentro y fuera del país que me han elegido. Les honraré con trabajo, con transparencia y con carácter.
Y al que no votó por mí también le digo: este gobierno también será suyo. Porque la democracia verdadera no se construye humillando al adversario, sino respetándolo.
“Oh gloria inmarcesible,
oh júbilo inmortal.
En surcos de dolores,
el bien germina ya”
Que esas palabras no sean solamente un himno. Que sean una promesa cumplida.
Quiero creer —y quiero que Colombia vuelva a creer— que lo mejor está por venir.
Que cesará la horrible noche. Que a partir de este instante Colombia empezará a recuperar la seguridad, el bienestar y la confianza en sí misma.
Con los brazos abiertos.
Su president@.
