
Opinión de: Lorena Urrea Bolívar | Durvy Yeslany Rivas Sánchez
De la incidencia social a la política de Estado (II)
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La Política Exterior Feminista (PEF) adquiere mayor densidad transformadora cuando se ancla en lo cotidiano y en la micropolítica, reconociendo que las relaciones exteriores no son un ámbito exclusivo del Estado, sino también un campo de acción en el que las mujeres, en sus diversidades, ejercen agencia política.
Las críticas feministas a las relaciones internacionales han señalado, desde hace décadas, que la política internacional no es un campo neutral. Autoras como J. Ann Tickner (1993) proponen repensar la noción de seguridad situándola en la protección de la vida y de las experiencias de las personas, desplazando una visión estatocéntrica. Desde esta mirada, el poder no se concibe únicamente como dominación, sino como una capacidad colectiva de acción, un “poder con” otras.
Especialmente relevante
Esta perspectiva resulta especialmente relevante en el contexto actual, en el que los feminismos contemporáneos incorporan enfoques interseccionales que reconocen que las desigualdades de género se entrecruzan con la clase social, la racialización y la experiencia de movilidad humana, factores que condicionan el acceso real a la toma de decisiones.
En sintonía, Cardinale y Winer (2022) sostienen que “lo personal es político y es internacional”, desdibujando la frontera artificial entre lo doméstico y lo global. Las trayectorias de las mujeres no constituyen hechos aislados, sino expresiones de dinámicas internacionales que pueden y deben ser leídas desde la PEF.
Desde esta perspectiva, las mujeres migrantes, exiliadas, refugiadas, retornadas y desplazadas emergen como actoras políticas clave en la construcción de una agenda global más justa e inclusiva. La PEF, en consecuencia, requiere descentralizarse y reconocer la micropolítica como fuente de conocimiento y legitimidad.
Esto implica ampliar el análisis más allá de la esfera privada y problematizar fenómenos como la división sexual del trabajo, la violencia de género y el cuidado, entendidos como dinámicas transfronterizas que impactan la seguridad global y que hoy son objeto de debate en cumbres birregionales y escenarios multilaterales.
Desde América Latina, la PEF exige además una atención crítica a las herencias coloniales. Como señala Abbondanzieri (2022), la decolonialidad resulta fundamental para evitar la reproducción acrítica de modelos importados. Reconocer que el feminismo cuestiona el sistema patriarcal como un orden social productor de jerarquías es clave para que la PEF colombiana no se limite a replicar agendas del norte global.
Una política exterior situada debe validar los saberes producidos en espacios de resistencia como la Cumbre de los Pueblos, enfrentando los prejuicios que reducen el feminismo a una caricatura y evidenciando por qué sigue siendo percibido como una amenaza al orden social tradicional.
Participación global
La III Cumbre Social de los Pueblos, entendida como laboratorio social, permitió trasladar estas reflexiones teóricas a experiencias concretas de participación global. En la mesa de feminismos se identificaron demandas vinculadas a la movilidad humana, la paz, la protección de lideresas sociales, el reconocimiento del trabajo de cuidado y la cooperación internacional.
Estos debates pusieron de relieve tanto los activos organizativos de los movimientos feministas como las brechas estructurales que requieren respuestas articuladas, en las que la PEF podría desempeñar un papel significativo como herramienta de conexión entre agendas sociales y espacios institucionales históricamente reservados a los gobiernos.
