














Soy de Pereira y sigo en duelo; llevo veinte años viviendo fuera de Colombia, pero nunca me he sentido completamente lejos, pues una parte de mí permanecía allí: en sus calles, en sus montañas, en los lugares que acompañaron mi infancia y en los centros comerciales que vi nacer.
Mi identidad y mis recuerdos también permanecían en la casa de mi madre, aquella casa que habíamos comprado con ilusión y que me hacía sentir segura de que, aunque viviera fuera, siempre existía un lugar al cual regresar.
Hoy sé que nunca volveré a encontrar la Pereira que conocí, podré regresar a la misma ciudad, caminar por sus calles y contemplar las montañas que siguen rodeando el paisaje, pero ya no será igual. Algunos lugares han desaparecido y otros conservarán durante mucho tiempo las heridas del terremoto, las familias nunca volverán a ser la mismas y yo tampoco, porque el terremoto no solo derrumbó viviendas y edificios, también destruyó recuerdos y seguridades.
Para quienes vivimos lejos, contemplar la destrucción desde otro país produce una forma particular de dolor: la angustia de no poder llegar inmediatamente, la necesidad de buscar noticias a cada minuto y el miedo de que una llamada confirme aquello que no queremos escuchar.
Siento que un nuevo desarraigo habita en los que partimos, primero dejamos la tierra para construir una vida en otro país, ahora es descubrir que una parte del lugar al que pensaba volver ya no existe.
Lo que puede desaparecer en un instante
Según el balance de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, actualizado hasta el 24 de agosto, el terremoto había dejado 331 personas fallecidas, 4.439 heridas y 240 desaparecidas. Más de 361.000 personas y 185.226 familias resultaron afectadas en 494 municipios de 16 departamentos.
Las cifras materiales también son difíciles de dimensionar: más de 31.500 viviendas destruidas, cerca de 179.000 averiadas y centenares de edificios colapsados: a esto se suman los daños en hospitales, centros educativos, vías, puentes, aeropuertos y acueductos.
Pero detrás de cada número existe una historia: una cama que quedó bajo los escombros, una fotografía familiar que posiblemente nunca se recuperará, un negocio construido durante décadas que dejó de existir y una persona que ahora se pregunta dónde podrá dormir… hay familias que perdieron a un ser querido y otras que, aun agradeciendo estar vivas, deben comenzar desde cero.
Mi propia familia forma parte de esas estadísticas; la casa de mi madre quedó destruida, ella sobrevivió y esa es la mayor bendición, pero sobrevivir no elimina el trauma ni reconstruye de inmediato aquello que se perdió.
Esta tragedia nos ha dejado una enseñanza dolorosa: construir requiere tiempo, esfuerzo, paciencia y sacrificios; destruir puede tomar apenas un instante.
La solidaridad también sostiene edificios
En medio de tanta devastación, Colombia vuelve a mostrar una de sus mayores fortalezas: la solidaridad de su gente, esa solidaridad ha sido una luz en medio de los escombros; sin embargo, tenemos que impedir que se apague cuando termine la emergencia o cuando el terremoto deje de ocupar los titulares.
La resiliencia deberá ser el eje transversal de este proceso; la paciencia y el amor, las columnas vertebrales que nos permitan ver nacer nuevas ciudades.
Yo nunca volveré a recorrer la Pereira que conocí, pero quiero estar presente para ver cómo, entre todos, hacemos nacer una nueva Pereira, una ciudad que no olvide a quienes se fueron, que cuide a quienes sobrevivieron y que convierta sus heridas en memoria, conciencia y esperanza.
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Fotos Alcaldía de Pereira

