La luz al final del túnel

Pie de foto: Cartel en las estaciones del Metro de Madrid para recordar el uso obligatorio de mascarillas en el transporte público

Ante el panorama mundial de una situación desconocida y sin precedentes que llevaba al mundo a enfrentarse a un enemigo invisible, armándose de toda clase de elementos y estrategias para combatirlo, se veía como en las estaciones de tren de España y otros países del mundo día a día se reducía el número de personas que los frecuentaban. El confinamiento empezaba, cada vez más personas debían trabajar desde sus casas, los colegios eran cerrados, los bares, restaurantes, comercios, en fin, todas las personas debían quedarse en casa.

Los primeros días fueron difíciles para algunos, ideando estrategias para compartir con sus hijos, pero con quienes casi nunca habían podido estar por la presión y falta de tiempo en un contexto económico que prioriza la producción antes que los sentimientos, intentando conciliar la vida familiar con la vida laboral… ¡Todo un reto! Algunos aprendieron a bailar, hacer rutinas de ejercicio, otros a inventar juegos, otros a autoanalizarse, replantearse el sentido de sus vidas, sus planes de futuro.

Ha quedado claro que ni el dinero ni la clase social ni la raza, sexo, edad, ni el tener más que el ser, puede cambiar nuestra condición de seres humanos frágiles y vulnerables ante cosas tan mínimas e invisibles.

Los días pasaban, la incertidumbre crecía, pero grandes y positivos cambios se veían. A pesar de estar pasando por una situación difícil para muchos -cuestión que es innegable entre quienes han tenido perdidas de sus familiares y amigos-, con el confinamiento se empezó a evidenciar como la naturaleza iba recobrando el equilibrio, la reducción de la contaminación, la disminución en la tala de arboles, el respeto por las especies, todo iba retornando a su origen. Hoy en las ciudades predomina el silencio, se escucha el canto de las aves y se pueden ver las estrellas que estaban ocultas por la polución, y cada vez se ven más imágenes de animales que ocupan el espacio que antes usaban peatones y vehículos.

Nacieron miles de iniciativas solidarias a nivel mundial, hemos visto y entendido la solidaridad como una forma de vida, desde policías que llevaban comida a personas a sus casas, colectas y recogidas de alimentos, gente compartiendo lo mucho o poco que tenía, surgiendo y aflorando los sentimientos de compartir, dar, ofrecer, cuidar. Y que no decir de las relaciones familiares que estaban distanciadas y se han afianzado, de las personas que ante la ausencia y la distancia se han acercado…

Ha quedado claro que ni el dinero ni la clase social ni la raza, sexo, edad, ni el tener más que el ser, puede cambiar nuestra condición de seres humanos frágiles y vulnerables ante cosas tan mínimas e invisibles. Hoy en España se inicia un proceso de retorno a la “Normalidad”- en otros países se implementan las medidas a su ritmo- pero ya nada será como antes. Tenemos ante nuestros ojos la increíble posibilidad de cambiarlo todo, de valorarlo todo y de repensar el mundo que queremos construir, donde el individualismo ya no es el rey que impera, sino que son la esperanza, el compartir y la solidaridad los motores que muevan nuestras acciones encaminadas hacia los demás, hacia una búsqueda de un cambio en el imaginario colectivo de la humanidad.


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