El peligroso contagio

Por Carlos Moyano    |    realcolombianpeople@gmail.com

Nadie imaginó que el 2020 iba a ser tan diferente y nos iba a cambiar tanto la vida; pero también es una oportunidad, quizás la última de tomar consciencia y a su vez decisiones correctas y acciones reales, porque nos enfrentamos al peor contagio, que no es el virus, sino el ejecutar malas decisiones.

Nos enfrentamos a un mundo muy contaminado de falsos líderes que hemos elegido, líderes que nos muestran una falsa cercanía a través de simbolismos como un carriel, un poncho, una camiseta o un sombrero, o con ese coloquialismo de expresiones que se han deformado en el tiempo y han sido oportunos para fomentar y aprovechar la ignorancia ajena. También nos han engañado con esas muestras de carácter y poder sin precedentes, donde más que eso, se muestra una falta de respeto a la institucionalidad, a la oposición, a la opinión, a la libertad de expresión, a la misma justicia y a la vida, haciéndonos creer que la altanera arrogancia son muestras de liderazgo.

Nos enfrentamos a muchos medios que informan, no la verdad, sino lo más oportuno y útil para ellos y sus intereses; periodistas y comunicadores que viven más del mentiroso cuento que venden, que de su profesionalismo y ética, medios que distorsionan el buen uso del lenguaje, de la objetividad y el buen oficio de la comunicación; nos enfrentamos a oposiciones que, o no se pronuncian frente a lo que no están de acuerdo o lo hacen solo para generar conflicto, cuyo único fin es convertirse en una mala y vergonzosa noticia, además de un gran obstáculo en el progreso y bienestar de todos.

Nos enfrentamos a instituciones y funcionarios que han perdido su misión y hacen carrera pública a través de la adulación, el miedo, la hipocresía, la mentira y el acto de pretender que todo va bien, cuando la verdad, va muy mal.  Nos enfrentamos a falsos profetas que se enriquecen con la esperanza de los demás, que hablan de amor, pero practican lo contrario con el prejuicio y la exclusión.

Nos enfrentamos a sociedades machistas que predican superioridad, y a su vez nos enfrentamos a mujeres que solo postulan en sus expresiones una dependencia del hombre o una vida donde es más importante ser sexy que inteligente y al parecer la belleza tiene que ser más visible y exuberante, porque compartir, aprender y ser interesante no es vital.

Hoy vemos como muchos de nuestros niños están preocupados por lo que sus adultos están haciendo con su presente y futuro; pero lo más triste, es ver que el planeta se desintoxicó solo cuando no estuvimos fuera; o ver cómo valoramos la salud, la educación y a sus profesionales, solo cuando estamos muriendo en medio de una pandemia. Darnos cuenta de que nos importó más pasear que cuidarnos, de que peleamos más por la fiesta que por la vida, y de que culpamos a los chinos por tener disciplina.

Como ven nos la pasamos culpando a otros, pero es momento de tomar responsabilidad de nuestras decisiones y nuestros actos, porque hemos sido la consecuencia y la causa de lo que está pasando. Muchos ya lo han hecho y gracias a ellos la esperanza continúa, porque asumen responsabilidades siendo cuidadosamente selectivos de sus fuentes de información e inspiración, y ellos nos necesitan ahora más que nunca.

Ser un colombiano no lo define lo que comes, lo que te pones o la camiseta, pero sí lo que escuchas, lees o ves; la gente que te rodea, tus aspiraciones, ética y profesionalismo, tu humanidad, visión, misión y tus objetivos; tus pensamientos e ideologías, tu forma de ser y comportarte; tus creencias, lenguaje, mentalidad, principios y autoestima; tu actitud, comunicación, tus expresiones on y off line, tus decisiones y acciones. No olvides que todo esto influye y afecta en que seamos buenos colombianos.

Hoy la vacuna llamada esperanza, no son los colectivos colombianos, sino los individuos; aquellos colombianos que silenciosamente se destacan en el mundo, sin egos ni protagonismos, sin bulla, sin postularse líderes o promotores de causas sociales publicitarias; esos colombianos y colombianas que sin la cédula encima ni la camiseta puesta y el pasaporte vencido, trabajan, estudian, emprenden con responsabilidad y con una visión sin fronteras ni mentales ni geográficas.

La mayor riqueza de Colombia no es su petróleo o su café; la verdadera riqueza es la calidad humana, esa que se destaca limpiando, sirviendo, cuidando, estudiando o en las esferas del mundo local e internacional; esos colombianos que no necesitan ser representados, porque ya son nuestros mejores representantes. A todos ellos y ellas muchísimas gracias por representarnos tan bien.


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