
Vivimos con emociones del paleolítico, instituciones medievales y tecnologías casi divinas. Así lo resumió Edward O. Wilson, y la política colombiana parece calzar bastante bien en ese zapato. En plena campaña presidencial, las candidaturas presentan propuestas sobre seguridad, economía, salud y justicia, pero hay una pregunta que sigue fuera del debate: ¿Qué tipo de Estado están proponiendo para gobernar en el mundo que viene?
Al revisar cinco de los principales programas de gobierno, el hallazgo es claro. La inteligencia artificial, una de las tecnologías que está redefiniendo cómo gobiernan los países, no ocupa un lugar central. En algunos casos no aparece de forma explícita; en otros, se menciona de manera puntual, asociada a seguridad o control fiscal. En ninguno se plantea como parte de una estrategia orientada a mejorar la toma de decisiones públicas o el funcionamiento del Estado. Aparece la tecnología, pero no como sistema.
Un Estado inteligente no es el que simplemente incorpora tecnología, sino el que sabe usarla para decidir mejor. Es aquel que articula reglas, capacidades, datos y conocimiento para coordinar instituciones, anticipar problemas y aprender de manera continua. No solo ejecuta políticas, también las evalúa, se adapta y mejora. Esa diferencia, aunque parezca sutil, es la que define si un gobierno funciona o no.
Políticas públicas
Los programas de gobierno son más importantes de lo que parecen. Son la hoja de ruta de las políticas públicas. Por eso resulta difícil explicar que, en pleno siglo XXI, no aborden con mayor profundidad asuntos como los datos, la interoperabilidad, la evaluación o el aprendizaje institucional. No son tecnicismos, son las condiciones que permiten que un Estado funcione mejor.
Al mirar el lenguaje de los programas de gobierno, el contraste es evidente. Predominan los problemas de siempre. Pero los elementos que explican cómo un Estado toma mejores decisiones, coordina y aprende, apenas aparecen. Se discute qué hacer, pero no cómo hacerlo mejor.
Incluso cuando se menciona el gobierno digital, aparece como una línea dentro de agendas más amplias y no como una estrategia estructural. La idea está, pero no el sistema. Y sin sistema no hay capacidad.
En un país donde el principal problema no es solo qué se decide, sino cómo se ejecuta, esa omisión es crítica. Muchas reformas fracasan no por falta de voluntad política, sino por debilidad institucional, por Estados que no integran información, no aprenden de sus errores ni convierten datos en decisiones.
Cuestión de capacidad
En estas elecciones pasará lo de siempre. Colombia elegirá entre proyectos políticos distintos, pero no discutirá el tipo de Estado que necesita para hacerlos realidad. La polarización reducirá nuevamente el debate a una disputa entre izquierda y derecha, mientras se dejan de lado las preguntas sobre la capacidad del Estado para ejecutar, coordinar y sostener las promesas en el tiempo.
“Sin capacidades estatales, cualquier proyecto político termina enfrentando los mismos límites”.
Gobernar no es solo una cuestión de ideología, también es una cuestión de capacidad. En la era de la inteligencia artificial, donde la información, la velocidad de decisión y la ética pública son determinantes, la diferencia no la marcará quién promete más, sino quién es capaz de gobernar mejor. Y eso no depende solo de las ideas, sino del tipo de Estado que seamos capaces de hacer evolucionar para que aprenda, se adapte y responda mejor.

