¡El día que el mundo paró!…

Bogotá durante la cuarentena nacional adoptada para hacer frente a la pandemia. Foto Consejería de Comunicaciones de Bogotá

Adam Smith, importante economista y filósofo moral, quien sentó las bases de la economía clásica y sin duda del liberalismo económico actual con su libro “La riqueza de las naciones”, planteaba la idea de un orden natural económico resultado del libre ejercicio del interés individual que beneficia exitosamente —sin proponérselo— al bien común en la solución de problemas y satisfacción de necesidades por medio de la libre empresa, de la libre competencia y del libre comercio. Hasta ahí todo iba bien.

En su libro La Teoría de los sentimientos morales,​ empezó por la exploración de todas las conductas humanas en las cuales el egoísmo no parece jugar un papel determinante como aseguraba Thomas Hobbes. Lo que exponía entonces era el proceso de simpatía (o empatía), a través del cual un sujeto es capaz de ponerse en el lugar de otro, aun cuando no obtenga beneficio económico de ello.

En la teoría, todo iba bien, pero en la aplicación práctica de estos postulados a lo largo de los años, se fue evidenciado como la humanidad se separaba de esa idea altruista del bien común y del ayudar al otro, convirtiendo el sistema económico de liberalismo y capitalismo actual en un individualismo extremo. La mercantilización de la felicidad, el sofisma de distracción creado para que la humanidad piense que el sentido de sus vidas está fuera de ellos y no dentro, pensando que todo se basa en el “tener más para ser feliz” es simplemente inalcanzable, porque esta falsa felicidad dura mientras la personas se dirigen del centro comercial a sus hogares con los interminables paquetes en las manos y el mismo vacío en el corazón.

A esto se sumó el priorizar ese “tener” sobre el “compartir”, lo que condujo a la humanidad a la destrucción acelerada de los recursos naturales como si fueran ilimitados, olvidando que vivimos en un mundo de recursos limitados. La contaminación, la explotación de los trabajadores, la desigualdad social y salarial, la falta de empatía, el egoísmo, todo fue sofocando la vida de los habitantes de la tierra.

«Las personas en sus lejanías se dieron cuenta de que se amaban y se quedaron en casa, y se escucharon una a la otra y descansaron, y la familia de nuevo estaba unida»

Llegó un momento en que los árboles, pulmones de la tierra necesitaban respirar, las personas odiaban mas que amaban, los padres necesitaban pasar mas tiempo con los hijos, el rico pensaba que el dinero compraba la felicidad, el futbolista tenia mas éxito que el sanitario, el estrés hacia temblar los corazones y las razas levantaron grandes fronteras en la tierra para que las separaran.

Pensábamos que nada iba a cambiar y que todo solo empeoraría, hasta que de repente el mundo… ¡se paró! Tuvimos miedo a lo desconocido, a la incertidumbre, a contagiarnos, a contagiar, por nuestros familiares, por los pequeños y los ancianos, por los amigos y en general miedo. Las personas en sus lejanías se dieron cuenta de que se amaban y se quedaron en casa, y se escucharon una a la otra y descansaron, y la familia de nuevo estaba unida, y el rico al no poder salir de casa tuvo que conformarse con unos bollos de pan, la gente aplaudía desde sus balcones a los verdaderos héroes.

Entonces, la tierra comenzó a respirar aire puro, y las aguas volvieron a cristalizarse, y los animales comenzaron a habitar en paz. La naturaleza es tan sabia que está empezándose a limpiar del mal que hicimos.

Nuestras mentes se serenaban porque ya no había prisas, y cuando ya todo estaba a punto de estallar, el mundo entero se unió convirtiendo los cinco continentes en uno solo.

Y es cuando entendemos el valor que tienen las pequeñas cosas, justo en el momento que nos las quitan, las cosas importantes a las que antes no les dábamos importancia y se daban por sentado y comenzaron a adquirir otro matiz, y le dimos su importancia real. El poder curativo de los abrazos, el olor de tu familia, el reír con los amigos por cualquier insignificancia, el pasear por la playa y el sentir la brisa del mar. Y miles de millones de pequeños momentos que ahora adquieren relevancia. Estamos viviendo algo insólito, el año en que la tierra solita obligó al mundo a detenerse. Éramos únicos y no lo sabíamos. Este momento es crucial en la historia de la humanidad, es un momento en el que hemos sido llamados a la reflexión, después de toda tormenta viene una calma, una calma de autoanálisis, de sacar las conclusiones para ser mejores personas, de cambiar los viejos hábitos para que todo mejore y cambie en nosotros y nuestro entorno. El sentido de la humanidad no puede ni debe estar puesto en el materialismo como centro de la vida, estamos aquí para disfrutar, para ser felices y hacer felices a los otros, para encontrarnos con nosotros mismos, para retornar a la verdadera fuente de la vida y la real felicidad.


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