El día después

El día después

La democracia no nace con el conteo de los votos. La democracia nace el día después.

Mientras Colombia sigue con atención el empalme entre el gobierno saliente y el entrante, es inevitable que aparezcan las diferencias, los reclamos y las desconfianzas. No es una situación exclusiva de nuestro país. Hace parte de cualquier transición política. Lo que sí depende de nosotros es decidir si esas diferencias se convierten en un obstáculo de cuatro años o en el punto de partida de una nueva etapa.

La segunda vuelta dejó una fotografía muy clara: un país dividido por la mitad. Esa imagen puede preocupar, pero también puede enseñarnos algo. Las democracias no fracasan porque existan diferencias. Fracasan cuando pierden la capacidad de convivir con ellas.

Hace unos días vi un video en redes sociales que planteaba que la izquierda y la derecha pueden terminar pareciéndose cuando están convencidas de que poseen toda la verdad. No hablaba de política, sino de los problemas de la política. Hablaba de una actitud narcisista frente al otro. Cuando la política deja de ser una conversación y se convierte en una lucha entre buenos y malos, todos perdemos, sin importar el color político.

Tal vez por eso las redes sociales nos están haciendo más daño del que imaginamos. Nos acostumbraron a responder antes de escuchar y a clasificar personas antes de conocerlas. Ya no basta con discrepar. Ahora parece necesario descalificar. El adversario deja de ser un ciudadano con una opinión distinta y se convierte en alguien al que hay que derrotar.

Colombia necesita construir más puentes y menos trincheras; más confianza que sospechas; más conversaciones que etiquetas

Esa lógica puede ser útil para ganar una elección, pero resulta muy pobre para gobernar un país. Ningún presidente gobierna solamente para quienes votaron por él. También gobierna para quienes desconfiaron de su proyecto, para quienes hicieron oposición y para quienes esperan ser sorprendidos por un buen gobierno. Ahí comienza el verdadero liderazgo.

Siempre me ha gustado pensar la democracia como un puente. Un puente no existe porque las dos orillas sean iguales; existe precisamente porque son diferentes. Su razón de ser es conectar lo que parece separado. Colombia necesita construir más puentes y menos trincheras; más confianza que sospechas; más conversaciones que etiquetas. Ningún país resiste demasiado tiempo si convierte cada diferencia en una frontera.

Pero ningún puente se sostiene solo por su estructura. También necesita un cemento invisible que se llama “confianza”. Las campañas premian la capacidad de marcar distancia, pero gobernar exige hacer exactamente lo contrario: acercar posiciones y generar confianza, incluso entre quienes no votaron por el proyecto ganador. Esa es la diferencia entre ganar una elección y liderar un país.

Hace unas semanas, The Economist describía las elecciones colombianas como una de las contiendas más polarizadas de los últimos años. La pregunta es si también seremos recordados por ser capaces de demostrar que nuestra democracia puede superar la polarización sin renunciar a la diferencia. No lo sabemos.

La historia recordará quién ganó estas elecciones y con el tiempo eso será apenas un dato. Lo que realmente importará es si fuimos capaces de cuidar aquello que ninguna campaña puede construir y ninguna victoria debería destruir: la confianza entre colombianos. Porque un país no se rompe cuando cambia de gobierno, un país se rompe cuando deja de reconocerse a sí mismo. Y esa es una derrota que no aparece en ningún escrutinio, pero que terminan pagando todas las generaciones.

Columnista

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