
Como comunicadora y observadora de la realidad social, en especial de Colombia; hay algo que desde hace años me genera una gran reflexión: la polaridad que vive Colombia no es nueva: -derechas, izquierdas, centros-; nombres distintos que muchas veces terminan repitiendo dinámicas similares tales como la crítica al adversario, que ocupa más espacio que la propuesta, y el espectáculo mediático parece tener más fuerza que la transformación real.
Si miramos algunos datos, la situación invita a pensar muy seriamente en nuestra legitimidad democrática. Según Latinobarómetro, la confianza en las instituciones políticas en América Latina -y Colombia no es la excepción- suele situarse por debajo del 25%; y en muchos procesos electorales colombianos, la abstención ha rondado entre el 40% y el 50%. Esto no solo habla de política; habla de desilusión, de distancia entre el discurso y la vida real de la gente.
Colombia es un país extraordinario
Es uno de los territorios más biodiversos del planeta, con una riqueza cultural inmensa y una población resiliente, creativa e inteligente y sin embargo, con frecuencia vemos liderazgos que se quedan en la confrontación, en el populismo o en decisiones que terminan oprimiendo en lugar de elevar sus ideales o argumentar sus propuestas.
Hay otro fenómeno que también merece mirarse con honestidad: la doble moral; esa costumbre social de exigir cambios afuera mientras evitamos revisar lo que cada uno puede transformar dentro de su propio espacio. La política no es solo lo que ocurre en el Congreso o en la televisión; también es la forma en que convivimos, dialogamos y respetamos la diferencia en la vida cotidiana.
No escribo esto desde la crítica pesimista, sino desde la esperanza lúcida en la política de nuestro país; porque creo profundamente que los pueblos no se pierden por pensar distinto, sino por olvidar que, antes que ideologías, somos seres humanos compartiendo un mismo mundo.
Tal vez el verdadero desafío no sea elegir entre unos y otros, sino elevar el nivel de la conversación: exigir propuestas, pensar a largo plazo, en la confianza, en la cooperación y recordar que el poder, cuando no está al servicio de la vida, termina vaciándose de sentido.
Colombia tiene todo para florecer y quizá el primer paso no sea ganar discusiones, sino aprender a construir juntos.

