Antes de votar

Antes de votar, una advertencia

Se acercan las elecciones para los colombianos en el exterior y, más allá de las campañas y las candidaturas, surge una pregunta inevitable sobre el estado mismo de nuestra democracia. Tal vez el problema que enfrentamos no sea únicamente quién ocupará una curul en el Congreso, sino si el sistema institucional colombiano está realmente preparado para representar a millones de ciudadanos que viven fuera del país.

En Colombia hemos caído en una simplificación peligrosa. Si no eliges entre unos u otros, eres tibio. Si no te alineas con una orilla política, pareciera que careces de posición. Pero esa discusión pertenece a otra época. Seguimos intentando responder a los desafíos actuales con ideologías políticas diseñadas para conflictos del pasado. La clásica división entre izquierda y derecha explica cada vez menos un mundo atravesado por nuevas realidades sociales, económicas y tecnológicas.

Pensamiento diagonal

Por eso cada vez cobra más sentido hablar de pensamiento diagonal. No se trata de ubicarse en el centro ni de evitar decisiones, sino de entender la política desde las causas y no desde las ideologías. La causa migrante, la defensa del medio ambiente, los derechos humanos universales y el uso de la tecnología con propósito público ya no responden a banderas partidistas tradicionales. Son agendas que atraviesan fronteras políticas y obligan a replantear cómo se organiza el Estado y para quién funciona realmente.

La migración colombiana refleja con claridad ese desfase. Durante 2025, los colombianos en el exterior enviaron al país más de 13.098 millones de dólares en remesas, la cifra más alta registrada hasta ahora. En lenguaje cotidiano, estamos hablando de cerca de 36 millones de dólares que ingresan diariamente a Colombia gracias al trabajo de los colombianos en el exterior. Son recursos que sostienen familias, dinamizan los mercados regionales del país y sostienen la economía colombiana.

Esa fuerza económica contrasta con una representación institucional descaradamente débil. Más de cinco millones de colombianos repartidos por el mundo cuentan apenas con una curul en el Congreso. Una sola voz en el desierto intentando incidir en decisiones estructurales mientras el Estado continúa operando como si la ciudadanía exterior fuera un asunto de otro sistema solar y no una dimensión permanente de la nación.

Incluso el mejor representante elegido enfrentará límites evidentes. No por falta de voluntad, sino porque el problema no es individual sino estructural. Sin mayorías legislativas, sin presencia efectiva en los espacios donde se toman decisiones de fondo y sin una política pública transversal apoyada también en herramientas tecnológicas que conecten al Estado con su ciudadanía global, cualquier intento de transformación termina chocando contra el diseño mismo del sistema.

En ese contexto, el voto en blanco deja de ser apatía y empieza a convertirse en una advertencia institucional. Durante años he insistido en una idea que resume bien nuestra paradoja democrática de si no voto, no me ven, y no me ven porque no voto. Ese círculo vicioso ha mantenido a los colombianos en el exterior en una invisibilidad política persistente. Por eso la respuesta no puede ser retirarse del proceso electoral, sino participar incluso cuando ninguna opción logra representar plenamente las expectativas colectivas.

Tal vez ha llegado el momento de comprender dónde reside realmente el poder de la región colombiana en el exterior. Basta imaginar el impacto simbólico que tendría sí, durante un solo día como el 20 de julio, los colombianos en el exterior decidieran no enviar remesas. Un solo día equivaldría a cerca de 36 millones de dólares que dejarían de entrar al país. No sería un castigo a Colombia, sino una señal democrática imposible de ignorar porque quienes sostienen parte de su economía también deben formar parte de sus decisiones estructurales.

Votar no siempre significa elegir entre opciones disponibles. A veces significa enviar un mensaje, y en ese sentido el voto en blanco también es una forma de seguir dentro de la democracia mientras se le advierte al Estado y a sus diferentes gobiernos que ya no basta con lo mismo.

Tal vez esta elección deba ser el comienzo de algo distinto. Porque si cada cuatro años participamos en el mismo ritual de esperar el milagro sin exigir cambios reales, nada cambiará. Y una democracia que no siente la presión de su ciudadanía termina funcionando perfectamente… sin ella.

Columnista

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